sábado, 10 de marzo de 2012

No querer algo y terminar haciéndolo.

Prefirió mirarlo desde fuera. No quiso preguntarle su nombre, ni cuantos años tenía. Prefería mirarlo desde el mismo cristal que los separaba todos los días, sin saber nada el uno del otro. Se querían, quizás se amaban, pero solo de cruzarse en la calle, o en el tren, no había nada más entre ellos solo, amor y miradas. Ella prefería contemplarlo todos los días sentada desde su sillón de piel, mientras leía el País. Todas las mañanas mientras desayunaba mirando por la ventana, con la televisión encendida. Millones de muertes, accidentes de tráfico, gripes... pero para ella no había nada ni nadie más importante que el chico de la ventana. Un chico alto, con el pelo castaño y los ojos marrones claros. Vivían tan solo a tres pasos, pero ella lo quería desde su ventana. Un día en el tren se sentó a su lado, y ella se levantó y se bajó en la primera parada que hizo el tren, no quería saber nada de él. Solo quería mirarlo desde la ventana. Lo amaba, pero prefería quererlo desde lejos, sabía que lo de ellos nunca llegaría a nada, a nada más que el cortejo que llevaban acabo desde sus pisos. Cada uno por su lado pero amándose en silencio. El siempre intentaba acercarse a ella, entablar una conversación, pero ella huía despavorida, no quería. El día de su cumpleaños, le llego una carta en su interior había un mensaje que le encantó pues nada más terminar de leerla corrió hacia la ventana. Y allí estaba él con una tarta de cumpleaños. Cogió su abrigo, cruzó la calle, subió todos los escalones necesarios para llegar a segundo piso toco en la puerta, y nada más abrir la puerta, lo besó.

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